Curtidos en la tormenta

OPINIÓN
Elena García Posada
Profesora de Lengua y Literatura

Elena García Posada.
Elena García Posada.

Ubrique no es solo un simple lugar en el mapa ni mucho menos es el Ubrique de Jesulín y su tauromaquia, es una forma de sentir el mundo a través del tacto, es un rugido de resistencia cosido entre dos Parques Naturales. Su gente posee un carácter forjado sobre el mármol y pulido por la constancia del artesano: una mezcla inquebrantable de nobleza serrana y orgullo humilde. Allí, la vida no se contempla, se trabaja; y el mundo se siente a través del tacto y la maestría de una artesanía que es, en esencia, el alma de su pueblo que, entre fachadas encaladas que desafían la verticalidad de la roca, la piel no es simplemente una materia prima; es el pergamino sagrado donde cada familia ha escrito su historia de esfuerzo, un legado que impregna el aire con aroma a badana y el eco rítmico de la patacabra. Ser petaquero en esa tierra es heredar un lenguaje de manos sabias, artistas, encallecidas, indómitas, generosas y entregadas, pero también es heredar un corazón que no sabe rendirse.
Sin embargo, la verdadera maestría de ese pueblo no se demuestra solo en las fábricas o boliches. Se demuestra cuando el cielo se torna oscuro y el agua baja con furia desde las cumbres, amenazando con anegar las calles y llevarse consigo el fruto de tanto sacrificio. En esos instantes de angustia, bajo la sombra centenaria del Convento de los Capuchinos, el tiempo parece detenerse. Es allí, entre esos muros que guardan el silencio y la memoria del pueblo, donde el ubriqueño levanta la mirada hacia el San Antonio y la pierde buscando, más arriba, la Cruz del Tajo que, anclada en la roca, se erige como ejemplo de la firmeza necesaria para resistir la embestida.
Es en el fragor de la inundación cuando la metáfora se vuelve sacrificio puro: el pueblo entero decide dejarse la piel en las aguas lodas. No hay distinción de linajes ni de oficios; las manos que ayer perfilaban con delicadeza el lujo de una cartera, hoy se hunden en la corriente, se aferran a las compuertas y se entrelazan para salvar la vida del vecino. Es un acto de fe colectiva que late con fuerza bajo el amparo de la Virgen de los Remedios. Su querida, y respetada Patrona, desde su altar y en el corazón de cada hogar, se convierte en el faro que guía ese esfuerzo sobrehumano, el consuelo que susurra que, mientras estén unidos, ninguna riada podrá con ellos.
Porque Ubrique es ese milagro de resiliencia donde la piel se trabaja con arte y se entrega con bravura y orgullo. Están demostrando nuevamente que son una sola pieza de cuero, curtida por las lágrimas de la tormenta y templada por la fe. Un pueblo que, protegido por su Madre, su Cautivo, su Borriquita y su Nazareno ha aprendido que no hay corriente más fuerte que la solidaridad de su gente, ni piel más noble que la de aquel que lo da todo por su tierra.
Hoy quienes resuenan más que nunca son las palabras grabadas en la Plaza de la Estrella y que inmortalizan el verdadero coraje de ese pueblo serrano: “los petaqueros ubriqueños que con su trabajo, arte y sacrificio hicieron un Ubrique grande” y que hoy se pegan, montan, cosen y graban a estas: “a los ubriqueños, que, con su tesón frente a las inundaciones, nunca dejaron de luchar por su amado pueblo”.

Labor solidaria de vecinos para evitar la entrada de agua en las casas de la calle Botica (Foto: Mercedes Gómez).
Labor solidaria de vecinos para evitar la entrada de agua en las casas de la calle Botica (Foto: Mercedes Gómez).
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