OPINIÓN
Antonio Rodríguez Carrión
Médico de Familia. Presidente del Observatorio de Salud “Especialistas ¡YA!”
Hay una frase que cada vez escuchan más ciudadanos cuando intentan pedir cita con su médico:“Sí hay cita disponible.”
Y, sin embargo, pasan los días… y la cita nunca llega.
No es una sensación extraña ni una exageración. Es una experiencia cotidiana que se repite en muchos centros de salud y que está generando frustración, enfado y desconfianza. Porque lo que dice el ordenador no siempre coincide con lo que vive la persona que necesita atención médica.
Y esa diferencia, lejos de ser anecdótica, se ha convertido en uno de los grandes problemas silenciosos de la Atención Primaria.
Todos compartimos el mismo objetivo. Queremos una Atención Primaria accesible, cercana, resolutiva y humana. Pero para mejorar algo, primero hay que entender qué está fallando. Y hoy uno de los fallos más importantes tiene que ver con cómo se mide la accesibilidad y con qué se considera, oficialmente, una cita disponible.
Estamos ante un auténtico trampantojo administrativo: algo que en los datos parece una cosa, pero que en la realidad cotidiana del paciente es otra muy distinta.
Cuando la administración sanitaria informa sobre las demoras en un centro de salud, suele hacerlo usando un criterio aparentemente sencillo: la llamada “primera cita disponible”. En la práctica, esto significa que basta con que exista un único hueco libre en el sistema informático —en la agenda de un solo médico y en un solo cupo— para que el centro figure como que tiene citas.
El problema es que cada paciente solo puede acceder a las citas de su médico de cabecera asignado. Esa es la base organizativa del sistema sanitario público y uno de sus pilares fundamentales: la continuidad asistencial. Una cita libre en el cupo de otro profesional puede existir en el centro, pero no es accesible para la mayoría de los pacientes.
Así se produce una distorsión grave. Una sola cita aislada puede “limpiar” toda la estadística del centro y hacer descender artificialmente la demora comunicada, aunque la mayoría de los cupos acumulen esperas superiores a una semana. La cita existe en el ordenador, pero no existe en la vida real del paciente.
Este efecto no es teórico. Se puede observar cualquier día. Hoy mismo, al consultar las agendas del Centro de Salud de Ubrique, se ve con claridad. En un cupo médico hay dos citas presenciales libres para hoy, pero después no hay ninguna más hasta dentro de ocho días. En otros dos cupos del mismo centro, tanto la consulta presencial como la telefónica tienen una demora de catorce días.
¿Cuál es entonces la demora del centro? Oficialmente, cero días, porque existe alguna cita hoy en algún cupo. En la práctica, para la mayoría de los pacientes, la espera real es de una o dos semanas. La cita existe en el ordenador, pero no en la vida real de las personas.
Un dato ayuda a comprender la magnitud del problema. Según el Barómetro Sanitario de 2024, aproximadamente uno de cada cuatro ciudadanos no consiguió cita cuando la necesitó, a pesar de que el sistema mostraba disponibilidad. No hablamos de un fallo puntual ni de una mala experiencia aislada, sino de un fenómeno estructural que afecta a millones de personas.
De aquí nace una paradoja que explica buena parte del malestar ciudadano. La Administración puede decir: “Hay citas disponibles en pocos días”.
El ciudadano responde: “Llevo más de diez días intentando pedir cita y no lo consigo”.
Ambos dicen la verdad. Pero están hablando de cosas distintas.
Lo que se comunica es la existencia de algún hueco administrativo en el conjunto del centro, no el acceso real del paciente a su médico de cabecera. Cuando esta diferencia no se explica, se genera frustración y una sensación injusta de culpabilización del ciudadano, como si el problema fuera no saber pedir cita o no insistir lo suficiente.
Esta situación se observa con especial claridad en centros de salud donde, sobre el papel, la plantilla médica está completa. En localidades como Ubrique, con una población en torno a los 16.600 habitantes, el centro de salud cuenta oficialmente con todos sus efectivos: médicos de familia, pediatras, médicos de apoyo y equipos de emergencias. Y, sin embargo, existen cupos con demoras crónicas superiores a diez días.
Cuando el paciente no puede esperar tanto tiempo, acaba siendo atendido por otros profesionales o por otros circuitos distintos al de su médico de cabecera. La paradoja es evidente: el sistema considera que la dotación es suficiente porque responde a una estructura diseñada hace una década, pero la carga real de trabajo de los médicos hoy es muy superior a la de entonces. El resultado es una plantilla “completa” en los papeles, pero insuficiente en la práctica asistencial diaria. Esta realidad, lejos de ser excepcional, es extrapolable a muchos centros de salud de municipios medianos y rurales.
La realidad se entiende mejor cuando se pone rostro. María tiene 72 años y varias enfermedades crónicas. Un día notó que algo no iba bien y pidió cita con su médico de cabecera. La primera disponible era a doce días. Volvió al centro a los pocos días porque se encontraba peor y la atendió otro médico distinto. Por prudencia, no se modificó el tratamiento. Tres días después, María acabó en urgencias. Hubo citas. Lo que faltó fue continuidad.
Y es que el médico de cabecera no es un médico cualquiera. Es el profesional que conoce al paciente desde hace años, sabe qué enfermedades padece, cómo ha respondido a tratamientos previos y cuál es su contexto personal y familiar. Ese conocimiento no se improvisa ni se sustituye fácilmente. La historia clínica informatizada ayuda, pero no reemplaza el valor del seguimiento continuado.
Cuando para ver al médico de cabecera hay que esperar más de una semana o diez días, ocurre algo lógico: hay problemas de salud que no pueden esperar. El paciente vuelve al centro y es atendido por quien esté libre en ese momento. Esto no es culpa del paciente ni del profesional. Es una consecuencia directa del sistema. Pero cuando esta situación se repite de forma habitual, se rompe la continuidad asistencial y con ella se resiente la calidad de la atención.
Esta situación tampoco es responsabilidad de los profesionales, que trabajan con agendas y tiempos que no controlan y bajo una presión asistencial creciente.
Cuando cada vez atiende un médico distinto, el paciente repite su historia una y otra vez, el profesional actúa con mayor cautela, se solicitan más pruebas “por si acaso” y se retrasan decisiones importantes. El resultado es una atención más lenta, más fragmentada y menos resolutiva. No porque los médicos trabajen mal, sino porque trabajan sin continuidad.
La evidencia científica es clara. Una mayor continuidad médico-paciente se asocia a menos ingresos hospitalarios, menor uso de urgencias, mejor adherencia a los tratamientos y mejores resultados en salud. En estudios longitudinales de gran tamaño, una alta continuidad con el mismo médico se ha relacionado con reducciones muy significativas de la mortalidad.
La evidencia científica y los propios documentos del Ministerio de Sanidad coinciden en que la continuidad asistencial reduce hospitalizaciones evitables y mejora los resultados en salud.
Este modelo tampoco ahorra dinero, aunque a veces se piense lo contrario. La atención fragmentada incrementa pruebas, derivaciones y visitas a urgencias, desplazando el gasto hacia los niveles más caros del sistema. Una consulta en urgencias hospitalarias cuesta varias veces más que una consulta en Atención Primaria. El trampantojo de la cita informática está desviando recursos hacia una medicina reactiva en lugar de reforzar la prevención y el seguimiento continuado.
No se ahorra gestionando huecos. Se ahorra cuidando la continuidad.
Para entenderlo de forma intuitiva, basta con un ejemplo cotidiano. Imaginemos un barrio en el que queda una sola plaza libre de aparcamiento, reservada para un vecino concreto. El Ayuntamiento anuncia: “En este barrio hay aparcamiento disponible”. ¿Es cierto? Técnicamente, sí. ¿Puede aparcar cualquier vecino? Evidentemente, no. Con las citas médicas ocurre exactamente lo mismo. La plaza existe para el sistema, pero no para la mayoría de quienes la necesitan.
Aquí está la clave del problema: el acceso estadístico no es lo mismo que el acceso real. Confundir ambos planos conduce a errores de diagnóstico del sistema y a soluciones que no resuelven el problema de fondo.
Medir es necesario, pero medir no es lo mismo que comprender. Un indicador puede ser técnicamente correcto y, al mismo tiempo, profundamente engañoso desde el punto de vista asistencial. Por eso es posible hacerlo mejor. Medir la demora real para ver al médico de cabecera, proteger la continuidad asistencial como indicador de calidad, ajustar las agendas a la carga real de trabajo y explicar con honestidad a la ciudadanía la diferencia entre acceso estadístico y acceso real son pasos razonables y al alcance del sistema.
Una Atención Primaria de calidad no es la que ofrece una cita rápida en el ordenador. Es la que permite que las personas sean atendidas por su médico en un tiempo razonable. Cuando se rompe la relación médico-paciente se pierde calidad, se pierde humanidad y se pierde eficiencia. Reconocer este trampantojo no es atacar al sistema sanitario público. Es defenderlo con honestidad.
Reconocer este problema y medirlo con honestidad es el primer paso para que ciudadanía, profesionales y responsables sanitarios podamos empezar a corregirlo.
La continuidad no es un lujo: es la base de una Atención Primaria que funciona.

