
Casiano López Pacheco
El único alivio que nos queda en el frenesí de estos tiempos inquietantes y de reclusión obligatoria, con su toque de queda variable –que oscila en función de cómo se agite la curva de contagios y fallecidos-, opino que es parapetarse bajo un buen bastión de libros y obras de arte, que nos sirvan de escudo protector frente al mal, que acecha fuera. Vivir ahora -igual que antes- es una peripecia increíble; un ejercicio de equilibrismo en el que hay que guardar las distancias, cubrirse adecuadamente nariz y boca y esperar con los dedos cruzados a que surja el milagro, que no va a venir, lógicamente de la clase política situada y sitiada en la cúspide. Desde allí, se nos piden constantemente sacrificios e imposiciones, que acatamos sin rechistar vengan de donde vengan, sufriendo la tribu humana que formamos todos, el vertiginoso trajín del día a día, poniendo la mejor cara posible ante los tristes sucesos con que nos desayunamos cuando suena el despertador y nos devuelven a la cruda realidad. Para compensar tanto desafuero y desatino, refugiarse entre libros y pinturas y música, que nos faciliten la vida, es una opción sana y plausible y bendita, incluso. Retirados en los cuarteles de invierno, terminada la jornada laboral, el tacto del papel, las páginas impresas, plagadas de aventuras situadas en cualquier época o lugar, nos lleva a la conclusión de que no ha habido ningún período histórico que haya estado libre de plagas y terrores.
Que lo que sufrimos ahora mismo, es solo un peldaño más en la escalera del devenir humano, de la historia del hombre -un ser a camino entre lo animal, lo racional y muy puntualmente, divino-; luego entonces, leyendo, por ejemplo -podría ser la mejor vacuna y sin duda una terapia muy fiable- se puede intentar ganar la batalla que libramos con fe en la victoria, en la densa oscuridad de un siglo, el XXI, que no sabemos que más nos deparará.